Apoyo Social al Adolescente

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En 1984 Bruhm Philips, señalaba “el adolescente busca una imagen que no conoce, en un mundo que apenas comprende, con un cuerpo que está descubriendo”. Durante ésta etapa de la vida, la red social se amplia y posibilita que el joven obtenga estima y aceptación de otras relaciones sociales ajenas a su círculo familiar. Ésta búsqueda del adolescente de nuevos contextos sociales en los que desarrollarse tiene que ver también con el incremento de los conflictos en su círculo familiar. Un conflicto que se ha explicado en distintos términos: búsqueda de mayor autonomía (a menudo incompatible con los intereses familiares) o como una etapa del desarrollo cognitivo en el adolescente en la que predomina el egocentrismo. También se explica, según otros expertos, como una progresiva internalización de restricciones, dentro de una atmósfera anterior de continuos vínculos con los padres y la familia, o finalmente, como un rechazo en el joven de los dictados y valores parenterales, a favor de los del grupo de pares.

 

Pero, más allá de la explicación psicológica por la que se opte, lo cierto es que durante el ciclo vital este proceso conlleva, por una parte, un grado determinado de conflicto con su ámbito familiar (del cual obtenía tradicionalmente el apoyo social) y, por otra parte, un notable incremento de la presión grupal. Ambas circunstancias generan tensión y estrés en los jóvenes. Y hay que convenir, que esta presencia de situaciones estresantes puede llevar a problemas psicológicos, si el adolescente no es capaz de mantener el apoyo social procedente de su familia. Nos encontramos por tanto, ante una aparente contradicción, los códigos de conductas y los patrones de interacción con los padres mutan, al buscar los adolescentes la independencia y nuevos ámbitos de relaciones. Sin embargo, el apoyo de la familia es decisivo para la culminación bondadosa de las etapas de la adolescencia.

 

¿Cuál es la aproximación a la solución de ésta contradicción? Decir en primer lugar que la familia no es un recipiente pasivo, sino por el contrario es un sistema intrínsecamente activo, donde todo tipo de tensión, debe ser negociado, desde la comunicación, la generosidad y la flexibilidad. Aquellos padres que mantengan la misma frontera, que existía, cuando ellos eran jóvenes, entre la unidad familiar y la independencia de sus miembros, se equivocan. En estos tiempos, en el siglo XXI deberá existir una flexibilidad creciente de las fronteras familiares para aceptar la independencia de los hijos y tendrán que darse una serie de cambios en las relaciones paterno-filiales que permitan al adolescente moverse dentro y fuera del sistema. En particular, la familia se encuentra con el deber de sincronizar dos movimientos antagónicos que se presentan con una creciente intensidad: la tendencia del sistema hacia la unidad, al mantenimiento de lazos afectivos y al sentimiento de pertenencia al núcleo familiar, así como a la diferenciación y la autonomía de los miembros singulares, especialmente los adolescentes en la búsqueda de su identidad.

 

Estos cambios culturales, son difíciles de equilibrar, no hay una receta única, ni ungüentos magistrales. Pero sí me atreveré a decir, que el hilo conductor de esa evolución, para que la familia sea un apoyo para la adolescencia y busque la armonía entre la unidad y la identidad de sus miembros, es la comunicación. Es necesario hablar, contar, acordar, dialogar, entre padres e hijos. Esa cultura de la complicidad en la palabra hay que rehabilitarla. Significa los cimientos, y sobre esa comunicación, se puede construir la casa común y será posible la unidad y la autonomía.

 

Manuela Alonso Fernández. Dra. Psicología Clínica y Logopeda.

 

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