Escritura y Cerebro

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La escritura pone de manifiesto los aspectos más íntimos del psiquismo humano y hace que el hombre se diferencie del resto de los seres vivos. Algunos animales hablan (producen sonidos entendibles), sienten, tienen instintos, recuerdan, lloran, gozan.., pero, no transportan sus ideas o recuerdos a través de signos gráficos, es decir, no tienen la capacidad de escribir. La escritura es solo patrimonio del ser humano. La escritura la inventó en hombre para dominar el tiempo y el espacio. Fue una cuestión de supervivencia colectiva, de maduración de la especie. Si no existiese la escritura, tal vez estaríamos en estadios de la edad del hierro, o quizás, nos hubiésemos destruido unos a otros, ya que no hubiese podido transmitir sus avances, sus descubrimientos para uso colectivo de los humanos. Cometeríamos los mismos errores y no disfrutaríamos de Leonardo Da Vinci, Cervantes, Platón, Dante.., en definitiva, la cadena de hechos a lo largo de la historia se habría roto, al quedar reducida al conocimiento particular y limitado que poseían personajes sueltos y sus descubrimientos y avances, no hubiesen roto las fronteras del espacio y el tiempo.

 

La escritura es el resultado de combinar en el cerebro, en las estructuras más arcaicas y más profundas de las que heredamos de nuestros antepasados, las funciones de la inteligencia, la memoria, las actitudes motoras, las conductas emocionales y afectivas, siendo esa conjunción esculpida por una mano en una roca, pergamino, papel o en un disco duro. Es la melodía cinética de la escritura. Decía Paul Valéry “la mano prodigiosa del artista, equivalente y rival de su mente, uno no es nada sin la otra”. La escritura sirve a unas ideas, se expresa con signos gráficos y sigue a unas leyes gramaticales. La Psicología ha estudiado durante los siglos XVIII, XIX y XX, los mecanismos cerebrales que influyen y determinan la escritura. Sabemos las regiones del cerebro donde se produce, en décimas de segundos, la elaboración del mensaje. También sabemos que millones de neuronas se intercomunican en las regiones de la corteza cerebral y de las más profundas del cerebro. Sabemos, por ejemplo, que para escribir el periódico que ustedes tienen en sus manos, cientos de millones de neuronas han pactado y convenido en el cerebro, el producto que ustedes ahora leen.

 

G. Serratrice y M. Habib (1997), describen el proceso cerebral de la escritura de una forma magistral. “En un primer tiempo –dicen- un conjunto de engranajes cerebrales que presiden la transición misteriosa de la comprensión y planificación de un modelo gráfico hasta que su ejecución los haya descodificado, comprendido, integrado, interpretado, traducido y transformado. Un segundo tiempo (tan complejo como el primero) inicia, programa y controla, la realización del acto gráfico, gracias a las estructuras cerebrales que regulan el movimiento. Por último, una multitud de factores (anatómicos, fisiológicos, psicológicos y bioquímicos) imprimen singularidad a la escritura”. Pero este desglose de las sucesivas fases y el descifrar los mecanismos de la perfecta máquina cerebral, para crear la escritura, nos deja aún interrogantes por descubrir y conocer.

 

La cuestión que planteo, sería similar a desarmar un televisor y conocer sus mecanismos, pero ello, no basta para conocer su información, “su esencia”. Hay algo en la escritura que no sabemos dónde se ubica, cómo se engranan y conjuntan las células grises que motivan la inspiración o la fuerza oculta que nos lanza a escribir, o por el contrario, los miedos a coger la pluma. Se ha experimentado que un escritor, antes de tomar la pluma, solo con el gesto de las escritura, aumenta el flujo sanguíneo cerebral en las áreas motoras. Decía Andre Gide: “si me impidieran escribir, me mataría” y encontraba réplica en Paul Valery: “si me obligaran a escribir, me mataría”.

 

La escritura es imprevisible, traspasa los espacios fijando las ideas (el discurso es volátil, la escritura permanece), rompe los tiempos acercando los años, las décadas, los siglos. La escritura, es como una fuerza oculta, que los psicólogos no hemos podido desentrañar en la dimensión más profunda de creación e inspiración y creo que será difícil llegar a descubrirlo. Si esto ocurriera, ya no sería un arte, sería una ciencia. Y entonces, “hasta los ordenadores podrían escribir novelas”.

 

Manuela Alonso Fernández. Dra. Psicología Clínica y Logopeda.

 

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